La fórmula de la infelicidad

Mi finada madre fue la primera de una larga lista de gente que ha intentado ponerme en duda conmigo mismo.  Sé que a diferencia del resto, ella no lo hizo con mala intención, tenía mi plena confianza de ahí que en cierta medida lo logró, al menos durante los veintisiete años que me tomó afianzar (para bien o para mal) mi personalidad.

En mi niñez, en lugar de dejarme pasar mi tiempo libre leyendo o sumido en mis pensamientos me inculcó, entre otras prácticas que no iban con mi temperamento introspectivo, ser sociable, simpático.  Ver a los demás, no sólo observar sus gestos sino además comprenderlos.  Como golpe final sembró en mí un profundo culto a la amistad.  Mi naturaleza sanguínea y honesta puso lo suyo; podría haber ganado tiempo, podría haber tenido éxito en lo que me hubiera propuesto de no haber sido porque mi madre me empujó fuera de mí mismo, extrapolándome, haciéndome perder así todas las inocencias posibles.  Podría haberme realizado en la vida, podría haber sido feliz…  En cambio conseguí el mismísimo “boleto de ida a ninguna parte”: mi conciencia.



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