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VIAJE AL NO-ESPACIO

cromosoma

Mini prólogo

En la presente obra continúa la historia de Roquesor, protagonista de dos novelas que he escrito, Las enseñanzas del Señor Roquesor y La venganza del mutante.  Más exactamente la historia de su segundo hijo, Praezar.  Pero la continuación de esta historia no convierte la presente en una tercera novela, sólo sirve de marco a una serie de relatos, cuentos truncos, aforismos y poesías que hacen el grueso del cuerpo y cuyo hilo conductor es su tono autobiográfico.

Que no se asuste el lector con lo de “autobiográfico”, no es mi intención contar la historia de mi vida, sólo utilizar mis vivencias, más específicamente mi lectura y conclusiones, como forma genuina, amena y espontánea de expresar entre mis ideas aquellas que considero importantes no sólo para mí, tal vez mi única opción a la hora de filosofar teniendo en cuenta que en las letras soy apenas un aficionado, no obstante muchos coincidirán en que, mientras la formación es indudablemente valiosa a la obra artística, el folclore es indispensable.

Mi madre es en parte responsable de mi iniciativa.  Mi niñez transcurrió en un barrio pintoresco; ella no se cansaba de repetir «Con los personajes de este barrio se podría escribir un libro.»

El Autor


Creo entender la duda que torturó
a mi padre y a los que le precedieron...


(Praezar, 23 de julio de 3006
según el calendario Vera.)


I

Que revele que actualmente piso el suelo de La Tierra, como llamaban sus antepasados este planeta, por ahora sólo les servirá como punto de referencia.  Tampoco ayudará mucho que les diga que mi padre era humano, renegado, pero humano al fin.  Pero si para algo han servido los fantásticos viajes que viví junto a mi familia ha sido para entender la importancia de, justamente, los puntos de referencia.  Si éste, mi discurso, llega al término que espero, quedará aclarado el importante indicio que significó para la hipótesis de mi finado padre el que yo haya llegado hasta aquí.  En este escrito, a manera de legado y completando la labor de mi papá, intentaré retratar sus reflexiones y las mías propias basándome principalmente en conceptos acuñados a lo largo de siglos de historia por los que han habitado este planeta a fin de que sean comprensibles y, quién sabe, útiles.

Toparse con algo tan grande como un planeta debería haber sido prueba de peso a mis jóvenes ojos...  Mi temprana inclinación al empirismo era comprensible: hijo de una nereida del no-espacio y de, según él se definía, un “náufrago del inconsciente”, debía valerme de lo que tuviese a mano para conservar mi cordura.  Por otro lado debo confesar que atender a los interminables diálogos de marcado tenor científico que mi padre mantenía con Dios no me ayudó sino indirectamente.  Mi primer maestro, menos por método que por fe (aunque a él no le gustaba admitir esto), disfrutaba muchísimo en compañía de su singular amigo.  Me ayudó el recuerdo de una observación puntual.  Durante esas largas conversaciones, en que mi padre le apremiaba con los planteamientos más descabellados, la irrigación y la temperatura, por ende la actividad, se distribuían de manera irregular, siempre concentrándose más en uno de los cerebros del aparato.  Cabe aclarar que Multi Procesador Híbrido (M.P.H. o simplemente Dios, como él mismo eligió apodarse) era el computador de veintisiete cuerpos, mitad electrónicos mitad orgánicos, que estoicamente cuidó e intentó salvaguardar nuestras mentes durante nuestro paso por los oscuros parajes donde mi madre se había criado junto a sus cincuenta hermanas.  Sé que mi relato confunde, ¡paciencia!

Volviendo a lo del empirismo y reivindicando a mis progenitores admito que no sólo las palabras son engañosas, también lo es la experiencia.  Aunque nací en el espacio exterior mis primeros años transcurrieron en la Tierra; mis padres, a bordo del Narval IV, nave que aún conservo, me habían traído ya, supuestamente a este planeta, con meses de vida, donde permanecimos hasta mis cinco años y medio de edad.  Digo “supuestamente” porque ahora corroboro las sospechas de mi padre, al que creía un verdadero trastornado: aunque casi idéntico, el planeta que conocí hace cuarenta años terrestres ¡se encuentra en el extremo opuesto del universo!  Una Tierra paralela en una realidad paralela.  No dejo de lamentar lo bueno que hubiera sido para él llegar hasta aquí —su verdadero planeta natal— aunque fuera sólo para confirmar su teoría, dado que la nostalgia nunca venció su espíritu aventurero.  Pero no podía pedir más; aunque cueste creerse en un humano, mi padre, habiendo dejado la Tierra en el segundo milenio de la era cristiana, vivió más de tres siglos.  A lo largo de ese tiempo recorrió el universo y algo más.

Tuve un hemanastro por parte de padre que murió siglo y medio antes de que yo naciera.  A falta de hermanos biológicos llenaron este hueco los doce jóvenes que conformaron nuestra tripulación en aquel temerario viaje al no-espacio.  Dada la diferencia de edad, cuando los conocí tenían dieciocho y yo sólo seis, debía conformarme con jugar solo o adaptarme como podía a sus salvajadas.  No viene al caso que los presente, tal vez mecione alguno a lo largo de mi relato en la medida que el tema que me propongo tratar lo exija.

Guardo recuerdos vivos de mi niñez en la Tierra —la “otra” Tierra.  Cuando cumplí cuatro años, mis padres me obligaron a asistir a la escuela, a algo que llamaban jardín de infantes.  Recuerdo la torpeza con que esos niños jugaban y se golpeaban, supongo que por eso llevarían esa indumentaria ridícula que por estrategia psicológica se repetía en las tres grandotas que hacían de maestras.  Digo grandotas porque su tamaño era la única diferencia notable.  Las actividades plásticas, las únicas, se resumían a garabatos sobre papel o chorizos de plastilina.  Lo gracioso era que ellas no eran capaces de lograr mejor resultado que los niños de coger el lápiz o la maza.  Un poco con sorna en una ocasión les mostré un dibujo que mi padre acostumbraba utilizar como una especie de representación de la psique y me miraron con los mismos ojos que esos mamíferos pequeños que abundan en su planeta.  Pero no me permití a mi mismo aburrirme o compadecerme; si mi ambicioso padre me había mandado a ese estúpido lugar, por algo sería.  Y saqué frutos en mi misión de antropólogo.  En esas horas, que consideraba tranquilas y libres, jugué y di vueltas al dibujo de mi padre.  También me escapaba, cuando podía, a las aulas de los más grandes donde al menos hallaba algún que otro libro y mapas colgados de las paredes.  No sé por qué estúpido motivo no me permitían permanecer en estas clases.  Un día, durante el recreo, me metí en el aula de quinto.  Mirando por la ventana, me percaté de cómo se asemejaba el ombú de la plaza que estaba en frente de la escuela al dibujo de papá.  Saqué de la estantería el libro de anatomía y comparé el árbol, con sus raíces y sus ramas, con el esquema del sistema nervioso.  En otra hoja del libro había una representación de las redes neuronales que coincidía con las intrincadas redes que formaban las carreteras en el mapa de la pared.  Las capitales de los países hacían las veces de nodos.  En ese entonces sólo veía semejanzas curiosas; hoy me doy cuenta de que, cuando uno dibuja, hace algo más que representar lo que ve.

A ciencia cierta uno no ve lo que ve sino el cómo lo ve.  La imagen de las raíces del árbol nos sustrae a cómo los estímulos sensoriales convergen en el cerebro.  Si fotografiáramos, por decirlo de alguna manera, un instante de percepción sensorial, tendríamos una imagen o traducción a estímulos eléctricos de, por ejemplo, los sensores de temperatura en toda la extensión de la piel convergiendo al cerebro.  Pero esta convergencia lo es en parte porque las ramas del árbol que respectivamente nos sustraen a las ramificaciones neuronales dentro del cerebro divergen en diferentes decodificaciones, en paralelo, de dicho instante de sensación térmica.  Luego, decir que estas decodificaciones en paralelo se yuxtaponen es una simplificación, como lo es, a mérito de facilitar el análisis, la metáfora tan didáctica del árbol.  Aquí es donde viene a ayudarnos la imagen de las carreteras en el mapa.  Los nodos neuronales pueden interactuar análogamente a como lo hace el cerebro, en su conjunto, con las imágenes sensoriales que no son más, a nivel cognitivo, que un nivel más primitivo de procesamiento de imágenes.  Porque, también son imágenes las que recoge una porción del cerebro respecto de otra.  Por ejemplo, cada bóveda celeste de planetas ubicados en distintos puntos del cosmos enseñaría su decodificación particular; algunas constelaciones se verían diferentes, otras apenas deformadas, invertidas como en un espejo las intermedias a dos de ellos, las estrellas cercanas a uno serían lejanas al otro, etc.  Pero todas serían imágenes de un mismo sistema.  Un observador que pudiese viajar de un punto a otro a voluntad, completaría una imagen tridimensional del universo mucho más rica que la obtenida de un simple paralaje.  La cartografía es más que un buen ejemplo de cómo trabaja nuestro cerebro; éste es capaz de completar imágenes a partir de visiones parciales, porque las yuxtapone no a formas fijas sino a funciones que abarcan multitud de puntos de vista y su interacción.  La inferencia de la Tierra plana no consistía una contradicción con respecto a su esfericidad; la mente preconcibe un mapa general a manera de marco que le sirve de base a sus especulares observaciones de los fenómenos particulares.  Genera este marco, también especular, a partir de sus estructuras intrínsecas, condicionadas por la interacción del individuo con el medio (memoria del individuo) y de la especie (preferencia genética por tal o cual estructura en el desarrollo del sistema neuronal, por ende de la memoria).  La mente no va de lo grande a lo pequeño o de lo pequeño a lo grande, se defiende con uñas y dientes, toma lo que puede de su imagen interna y externa (input) para completar ese mapa general de su medio, necesario para su supervivencia.  Luego, cuanto más se exige, más complejo se vuelve el sistema neuronal, y más complejo, rico y funcional el mundo de lecturas, siendo necesaria una memoria más abstracta para mantener este nuevo mundo más complejo en una sola pieza.  Lo mismo ocurre con las famosas partículas elementales, hermanas analíticas de los sintéticos mapas universales: el cerebro siempre preconcibe un marco que, a medida que se abstrae, se vuelve menos antropomórfico, menos egocéntrico.

Esto da un bosquejo de la conciencia, que, según creo, puede moverse, ubicarse en el sector neuronal que las circunstancias requieran y recoger de un mismo mapa esa imagen específica y otra al extrapolarse hacia otro nodo neuronal.  Visto desde esta perspectiva, un silogismo no es más que una imagen consciente de un proceso análogo inconsciente.  Con esto quiero significar que la intuición es un proceso análogo a la deducción pero a nivel onírico.  La prueba de esto es que hay problemas que sólo se logra acabar de resolver durante el sueño.

No entiendo cómo puede haber quien se embrolle discutiendo si el conocimiento es innato o adquirido.  La evolución del sistema nervioso de cada especie es resultado de la interacción con el medio.  La memoria del ADN del animal más evolucionado es resultado de la historia del cosmos.  Cuando los pensadores antiguos hablaban del conocimiento innato, del inconsciente, de lo onírico, hacían referencia al condicionamiento de esta memoria genética.  ¡Cómo puede competir la memoria de la corta vida del individuo con la de los milenios de evolución de la especie!  Luego, analizando al individuo en particular, no cabe duda de que su memoria, resultado de su manera particular de procesar la información, es patrimonio de su propio cerebro.  Es tan difícil que un hombre guarde el recuerdo de un ultrasonido como que un murciélago el de un bello paisaje.  Visto desde esta amplitud ¿dónde está el límite entre innato y aprendido?

Recuerdo cuánto hincapié hacía mi padre en la pretensión de control del ser humano sobre sus actos y pensamientos.  Siendo el nombre conciencia tan subjetivo, supongo se habrá adjudicado, a lo largo de la historia, a diversos fenómenos psíquicos o conjuntos de éstos.  Pero seguramente todas las definiciones habrán girado en torno a la pretensión de control de la que hablaba mi padre.  Siguiendo mi camino a tientas, el de las suposiciones o hipótesis, infiero que la inseguridad, la vulnerabilidad en la que cae un animal salvaje durante el sueño es la primera “diferencia” de control que el medio y su propio sistema (su cuerpo como parte del conjunto) le hacen notar y de manera enfática.  En contrapartida, la conexión con los fenómenos, el estado de alerta que experimenta en la vigilia, es su primera sensación de conciencia, de control.

Esta lucha por el control viene dada por la relativa independencia de todo organismo, de todo ser vivo.  Vivo en cuanto a que es en parte responsable de su propia organización, de su propio equilibrio.  No obstante, la membrana celular no determina el límite de esta relativa independencia.  El hombre tiende a representar el mundo como un sistema cerrado, generalmente un círculo.  La historia de la conciencia es la historia del universo, la memoria del universo como organismo, como ser vivo.  Desde el momento en que somos consecuencia de la historia del cosmos ¿hasta que punto debemos desconfiar de nuestras concepciones?  Tendemos a considerarnos algo separado y hasta “ajeno”, cuando debemos nuestra conciencia a la parte más primitiva de nuestro sistema nervioso, la que nos conecta con el medio.

La formación de la conciencia en los primeros años de vida depende de la organización de la actividad nerviosa: desde el control de las extremidades, coordinación de vista y manos, hasta la concentración de actividad nerviosa en tal o cual porción del cerebro.  La memoria de los primeros meses de vida es amorfa, desorganizada, por ende difícil y hasta imposible de evocar; y no sólo carece de forma sino también de foco de atención, de testigo (Yo consciente), que viene también dado, puesto que es intrínseco a ésta, por dicha organización selectiva de la actividad nerviosa.

En la medida en que este testigo comienza a evaluar, dentro de lo que percibe, sobre qué tiene o no control, se siente en parte ajeno a aquello sobre lo que tiene poca o ninguna autoridad, incluso dentro de su propio cuerpo que es en parte suyo desde el momento en que lo sufre, en que sus reporteros (sus nervios) le dan constancia de sus funciones y su acción directa sobre su dicha o desdicha.  Por lo pronto la actividad que se revela dentro del pecho y de la panza es impune a sus órdenes.  Impunes, también, los deseos, los malditos deseos que nacen del centro del cráneo, de algo que no tiene que ver con los nervios: la hipófisis.  El otro servo-sistema del cuerpo, el endocrino, se revela como autoridad superior a la suya.  No puede dejar de respirar o de comer, aunque sea sólo para probar su soberanía, sentirse de una sola pieza.  “Pero ¡sí puedo abstenerme del sexo!”, se plantea en algún momento de su desarrollo.  A esta altura su voluntad empieza a luchar por enseñorearse de su instinto.  La sublimación del deseo se erige en pasión.  “Si no tengo el control, una entidad superior a mí debe tenerlo”.  Busca primero a su alrededor, en el devenir de los climas, en el comportamiento de los animales.  Especialmente al caer la noche, cuando se acerca ese temido estado en el que pierde el control incluso sobre las pocas funciones que sí parecen obedecerle.  La oscuridad y el líquido que emana el centro de su cerebro provocándole sueño tergiversan las imágenes que el temor acaba transformando en demonios.  En estos demonios halla sus primeras deidades.  Estas deidades aún no cuajan en institucionalizado Temor a Dios, la joven conciencia del hombre apenas da alarma del peligro inmediato; no tiene aún ventaja en su lucha por la supervivencia con respecto al resto de los animales, incluso algunos más fuertes que él pueden convertirlo en satisfacción de sus propios deseos, especialmente si lo hallan dormido, indefenso.  Aunque ya la conciencia comienza a darle ínfulas de control, el hombre aún da a luz dioses víctimas de su hipófisis.  Los dioses se enojan, manifestándose, por ejemplo con catástrofes naturales, cuando tienen hambre o ganas de fornicar.  Es cuestión de sacrificar algún bicho o alguna joven para calmar su apetito.  Más tarde, porque “la unión hace la fuerza” y entre muchos uno se siente abrigado y pierde el miedo, el hombre se amontona y amontona, formando imperios.  Los dioses paganos ya no están a la altura de las exigencias.  Es necesario uno abstracto, invisible, impune a las inclemencias de la humedad y las pintadas, impune a los reveses de aquellas grietas del alma de los pueblos, de las etnias, de las conciencias individuales y, por sobre todas las cosas, impune al deseo, ¡libre de la fastidiosa necesidad!  El concepto Dios, se vuelve, de acuerdo a estas exigencias, inabarcable en espacio y tiempo a la mirada del hombre; representa la impotencia de éste último ante ese gran sistema que, más que venir a salvarlo de su miedo, le inflige otro peor: la angustia de perderse a sí mismo en el abismo de lo colectivo.  Pero este monoteísmo y los que vienen después terminan por imponerse con promesas a la medida de su ambición, ambición nacida del deseo que mezclado en dosis iguales con miedo se traduce en voluntad de poder.  Monstruo sustancialmente más temible que el que lo acosaba por las noches antes de dormir en sus épocas salvajes.  Para evadir la angustia se entrega dócil al engaño, su propio engaño.  De acuerdo a esto la sensación de control del hombre crece conforme gana dominio sobre el mundo, transformando su entorno, intentando volverlo más razonable, más predecible.  Césped inglés, arbustos podados con formas geométricas son la poca vida que perdona alrededor de la piedra; más tarde asfalto y cemento acaban cubriéndolo todo.  Ya no hay bichos a su alrededor que signifiquen amenaza salvo los de su propia especie que, aunque no siguen la mayoría de las veces las reglas del juego (la voluntad de Dios), son en cierta medida predecibles.  Cuando llega a convertir casi todo lo que le rodea en técnicamente posible, cae en una fantasía mayor, la de creerse Dueño del Mundo.  Su apogeo.

De aquí en más, dado el estado de aceleración que promueve un camino facilitado, el crecimiento demográfico es exponencial, el ser humano ya es más que una plaga, con la degradación que esto implica en cualquier especie.  Actividades especializadas, rutinarias, mecánicas, poco a poco van limitando su actividad psíquica a la que asiste la coordinación de sus extremidades.  Pierde la poca independencia que había ganado como ser vivo, la responsabilidad sobre su organización, su propio equilibrio.  Luego, siguiendo el devenir de las modas, relega las vicisitudes de sus deseos al dios de turno (ya sea el Estado, la Iglesia o el Capital) al tiempo que se cree absolutamente consciente de todo, especialmente de sí mismo.  Esta fantasía es la que provoca la falsa ruptura entre cuerpo y alma: la mente humana en el afán imposible de verse a sí misma, acaba sintiéndose ajena, como ente separado e independiente en espacio y tiempo del resto cognoscible.

El hombre masa, resultante de las circunstancias antes enumeradas, acaba sintiéndose dueño de su destino, cuando en realidad es el menos diestro en el uso efectivo del pensamiento consciente, justamente porque no goza del cable a tierra que significaba el contacto con la naturaleza a su antecesor salvaje.  Éste vivía sumergido en lo onírico, no había fractura entre consciente e inconsciente, cuerpo y alma, cosa pensante y cosa extensa; tampoco entre él y su medio.  Era cotidiano matar para vivir; al hombre moderno el sólo admitir esto le resulta traumático.  En definitiva, esta historia de la conciencia quizá sea en realidad la historia de la inconsciencia, protagonizada por la exacerbada pretensión de control.  He corroborado en bibliotecas de la Tierra cómo hombres despiertos han retratado este trepar hasta el apogeo y posterior derrumbe en algo que llaman Tragedia.

En vista de esta falta de conciencia es sano invitar a la siguiente reflexión: no pensamos sólo con el cerebro, pensamos con todo el cuerpo.  Tal olor, tal imagen, pasan inadvertidos a nuestra atención y nos traen tal o cual recuerdo...; pensamos con el medio y cuando digo medio puedo decir, siguiendo la línea de dependencia, cosmos.  Es el cosmos el que piensa, como sistema que abarca a todos los nuestros; el aire que respiramos, la comida, el sol, el viento, son causa, no efecto.  Nos guste o no, el poder que tenemos es insignificante: somos el último brazo del afluente de un río que nace de un océano que nuestro entendimiento no es capaz de abarcar; el último impulso energético de un artefacto que nos supera.  Nuestro inconsciente es ese artefacto; la idea del inconsciente no nace por analogía con el cosmos, ‘es’ el cosmos.  Los biólogos, en el ámbito de su especialidad, definen la vida como la capacidad de auto organizarse; delimitan, definen diferentes niveles de dependencia.  Este límite se vuelve más difícil de definir en la medida que nuestro conocimiento se vuelve más rico, más complejo: la dependencia entre un sistema solar y la galaxia que lo contiene, la del núcleo y sus electrones, la del mamífero y la teta...  El hombre, ante este dilema, cae en el error de separar, distinguir entre esas formas, esos límites con que decodifica y archiva lo que percibe, y una supuesta “realidad inaccesible”.  Luego busca una supuesta verdad absoluta ora en los fenómenos ora en las ideas.  Por más organizado, vivo, consciente que sea un sistema, nunca es del todo independiente.  Por más abstracta que sea una idea nunca sale de otro lugar que no sea nuestro entorno.  Somos parte de eso, es más, somos su fruto, somos consecuencia.  No nos es lícito ni creer ni descreer de nuestro pensamiento y, bajo ningún punto de vista, confundir los límites conceptuales con barreras infranqueables.  Fuera y dentro son diferenciados pero partes de un mismo organismo: el inconsciente, el cosmos.

Un sistema lógico consciente, la solución de un problema matemático por ejemplo, es apenas la foto de una pequeña porción de sólo una de las miles de constelaciones o imágenes de la percepción de un fenómeno en un instante determinado.  Como decía mi padre: no se puede encontrar la solución a un laberinto desde dentro.  No se puede aplicar en sentido estricto el mismo método a diferentes problemas.  No hay solución que no implique un salto irracional, un salto al vacío desde el puto de vista lógico: ver el laberinto desde arriba.  No existen, en sentido estricto, imágenes fractales, un plano a escala 1:3800000 no contiene los mismos elementos que uno a escala 1:10000.  El poder tener distintas imágenes o decodificaciones de un mismo objeto nos ayuda a entender que un cenicero está formado por moléculas y no por ceniceros más pequeños.  Esto echa por tierra todo reduccionismo o lógica ida en vicio por parte de quienes pretenden limitar el conocimiento científico a imágenes, mejor dicho resoluciones de imágenes, puramente conscientes.  Si, durante el sueño nuestro cerebro no accediese a una capacidad de asociación más fluida, en la que las imágenes se combinan a un nivel que para la conciencia sería patológico, no seríamos capaces de resolver el más sencillo de los problemas puesto que, como decía mi padre, nos encontraríamos de por vida dando vueltas en círculo dentro de un mismo sistema, un mismo laberinto.  Este es el famoso “paso al costado” que nos ayuda a crear el método sin el cual no existiría futura solución, en definitiva no existiría la ciencia.  La visión egocéntrica del mundo es, como dije antes, necesaria al conocimiento primitivo, o bien a una primera instancia de la observación para luego, poco a poco, lograr separar y alejar el objeto del sujeto (proceso que en sí mismo es subjetivo) en distintos estratos o niveles de comprensión.  En estratos porque, como antes señalé, el paso de una a otra subjetivación (u objetivación, puesto que ambos son parte de un mismo proceso) requiere un salto irracional.  Y desde el punto de vista que vengo sugiriendo la irracionalidad no sería otra cosa que un proceso no menos racional pero a nivel inconsciente, donde se maneja una cantidad de memoria infinitamente mayor que en el estadío o estrato último de este proceso de subjetivación que convenimos en llamar conciencia.  La conciencia “pierde de vista” la comparación infinita de imágenes del proceso de asociación inconsciente, por eso le quita crédito lógico.  Esta lentitud condena al consciente a no lograr independizarse del inconsciente, su progenitor y rector eterno; pretensión de control que, además de ser inútil e inviable a nivel absoluto, es tan auto destructiva como, su opuesta, la de vivir en el ensueño.

“Y vio sus manos, que eran inteligencia...” decía mi padre.  A veces, escribiendo a máquina me quedo rato varado en una regla ortográfica que no habría sido motivo de duda de haber estado escribiendo a pulso.  Y pasa más con las palabras más comunes que con las menos utilizadas.  Hubo menos control consciente en el aprendizaje de las primeras.  Parece mentira que una memoria tan primitiva como la muscular dispute el patrimonio del sacrosanto verbo.  La memoria muscular, que al pensamiento consciente hasta le resulta intrusa, es el “cimiento” de la estructura, de la gramática de nuestro pensamiento.  Los niveles básicos y primitivos de aprendizaje se dan a este nivel.  Es lógico que estos estratos de memoria se entrelacen con otros más elevados, más abstractos.  El sistema nervioso de un ser vivo es un sistema “aprendido sobre la marcha”, creado en interacción con el medio a lo largo de millones de años de evolución.  Claro que es difícil concebir un robot que al caminar responda de manera sensible e inteligente en cada pisada a las irregularidades del terreno.  Este servomecanismo, sin embargo, es intrínseco al organismo vivo.  No es difícil hoy para nosotros, al ver la importancia de nuestras manos en la concepción de una forma y sus dimensiones (cómo un bebé utiliza sus manos y su boca para registrar cada objeto a su alcance), entender la imposibilidad de separar, diseccionar, la responsabilidad de cada uno de nuestros sentidos en la concepción de tal o cual imagen aprendida.  Esto explica el que los estratos que antes mencioné no tengan límites precisos; si ya se ha vuelto difícil distinguirlos en un sistema operativo de computadora, ¡cuánto más en un cerebro biológico!

Cuando razonamos no hacemos otra cosa que ignorar variables, pero el hecho de que intentemos ignorarlas no significa que desaparezcan.  Intuimos su presencia, el “marco” del que antes hablé es la prueba.  Nos detenemos a analizar un fenómeno particular, como la caída de un objeto, en sólo una dimensión, y despreciamos conscientemente tal o cual variable, como el rozamiento del aire.  Luego concluimos “la trayectoria es recta”, a sabiendas de que respecto a un eje cartesiano extraterrestre es curva.  ¡Tan sencillo es visualizarlo a estas alturas!  Sin embargo, no cesa el hombre de tender al mismo error: convencerse de que hay una coordenada absoluta, un marco que contiene estoicamente al resto, pretendiendo ignorar que, sin importar su envergadura, fuera cual fuere ese marco no es más que otra variable o conjunto de éstas, ni más ni menos que otro punto de vista.  Esta incontrolable comunión de todo nos hace sentir disgregados, especialmente porque se presenta indomable a nuestro análisis y “póstuma” síntesis.

Obligados a atestiguar qué es real con nuestras manos, nos sentimos tan indefensos como aquél que corría desnudo, desprovisto de argumentos, en los primeros tiempos, nuestros orígenes.




*** Fin del primer capítulo de Viaje al no-espacio. ***




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