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LAS ENSEÑANZAS
DEL SEÑOR
ROQUESOR

cromosoma

MINI PRÓLOGO

Las Enseñanzas del Señor Roquesor nació en forma de pequeños escritos a golpe de bolígrafo en hojas de cuaderno que repartía entre algunos amigos del barrio en que me crié, en la periferia de la capital de Argentina.  El sentido común me decía que debía escribir en el idioma del destinatario de ahí que mis escritos bebieran de series de televisión y películas taquilleras.  Estaban poblados también del tipo de humor y códigos de la gente del barrio, incluso en ocasiones el protagonista y algunos personajes hablan con acento porteño y utilizan términos del lunfardo, que es la jerga del porteño.  Así y todo no era fácil seducir a los pocos que tenían cierta iniciativa por la lectura.  En resumen, me había puesto por consigna decir lo que yo al menos consideraba importante disfrazado de algo chabacano con tal de no espantar a mis pocos lectores potenciales.

Supongo que debe valer poco si uno la juzga escolásticamente, lo sabrá el entendido.  Igualmente a riesgo de lavar su folclore intenté adaptarla a un público más genérico porque sé que quien logre unir el collage tácito en sus retazos encontrará más de lo que espera.

El Autor


Desde muy fuera del Universo,

desde invisibles parajes

llega un nuevo

profeta.

Hoy,

camina

entre nosotros;

vagando por La Tierra

anuncia la llegada de un fin...


y un nuevo principio.


A los sobrevivientes,
a mis amigos-enemigos.


I

... y desde la altura vio los eucaliptos empequeñecer, al Dios con Alpargatas jugando en los Campos Verdes, al Payaso de Mármol escondido entre los escombros del arte, a La Ñata dormida con la cotorra cagándole la ropa, al Pequeño Nico dando vueltas en círculo, intentando escaparse de los hombres, en fin, Porlan convergía en un punto al tiempo que se engrandecía en la Séptima de sus Cabezas.  Como manto, las nubes, luego la última capa de gas arroparon lo que fue.  Una vez más la curva del horizonte revelaba su redondez y los azules, las distintas tonalidades del agua llenaban sus ojos, aunque éstos ¡ya habitaban su nuca!, querían salirse de órbita, ver más.

La vista desde este estrato, desde donde La Tierra parece hermosa, le recordó su primera experiencia, cuando maravillado ante el maizal de luces se dijo ¡Cuánta energía emanan estos seres!  Y estrepitó en su cerebro el severo acertijo ¿Tendría razón aquel guerrero?, ¿será esto la muerte?  El futuro le aguardaba con su congelado abrazo.

«¿Será la felicidad una cínica, bufa demostración por el absurdo?  Os digo, de cada cardo que la vida plante en mí nacerá sólo una púa, pero espléndida, violácea, se erigirá como columna en dirección determinada, hiriendo un deseo, una parte concentrada del cosmos.  Y en cada punta filosa mi veneno, como caldo mortífero de rosas...  Más y más púas nacerán de mí, desde la distancia se las verá abalanzarse al cosmos en direcciones opuestas, desvelando mi verdadera imagen, curiosa planta biónica de madera, carne y metal.»

Habían sido sus últimas palabras a sus no-discípulos que habían ido a despedirlo al escondido paraje del despegue.

—¿Por qué es necesario sufrir? —balbuceó Son Toniut, el más sensible.

—No lo sé mi querido amigo —respondió grave y melancólico el Septcéfalo—, realmente no lo sé.

Selló su mirada tierna la puerta de heladera vieja que completaba la hermética carcasa.  Quedó sólo un silbido grueso y a la vez agudo perdiéndose entre las estrellas, y un vacío negro de infinita masa que los absorbía a seguir creyendo en ese no lo sé.

CÓMO EL MAESTRO GOLONDRINO CONSTRUYE SU CURIOSA NAVE

Claro, no iba a ser fácil construir una nave espacial.  Conseguir todo lo necesario iba a llevar un par de meses.  Las ideas no están hechas, hay que hacerlas.  Para estos casos de incertidumbre Roquesor tiene su bolsa de churumbeles donde revolviendo generalmente encuentra la solución material, un tornillito, un pedazo de cartón de grosor determinado, un cacho de fundición de aluminio —como decía su tía Ñata, “Aunque parezca mentira, todo para algo sirve”.  Por último, adecuando o más bien resignando la gelatina que uno tiene en el cerebro al dilema geométrico en cuestión se da forma a la idea.

Para semejante artefacto utilizó el mismo método pero a escala.  Roquesor caminó y caminó, mirando la basura tirada en las esquinas, las casas abandonadas, la chatarra en los baldíos, los fierros de los corralones, observó también a las personas, los movimientos de sus manos, ojeó revistas con dibujos, vio películas, series de televisión...  Poco a poco fue reuniendo el material que en una noche de verano gestó la forma final.  Luego el problema era cómo la sacaría de la atmósfera.

El convertidor de masa

En su taller, tomando unos mates, discutían estos detalles técnicos con Son Setaro, aficionado a la mecánica de automóviles.  Roquesor se quejaba.

—El sistema solar no tiene vida, ¡es más aburrido que una cancha de bochas!  Y si quiero llegar lejos tengo que encontrar la forma de viajar aún más rápido que la luz.

—¿Le vas a meter naftalina al tanque? —Son Setaro riéndose.

Esa misma noche montaron la nave sobre una báscula de depósito; pesaba media tonelada.  Roquesor utilizó un horno microondas roto para bombardearla con radiación, aceleraba sus partículas hasta distintas frecuencias a la vez que testeaba con un afinador de guitarra eléctrica.  Después de días de intentos, en la soleada tarde del 25 de Abril de 2001 se dio el hallazgo, los átomos, todos y cada uno vibraron en unísono perfecto, conviviendo en la longitud de onda adecuada dejaron ver a través de sí.  Al mismo tiempo la báscula indicaba cada vez menos masa, cien, cincuenta, veinte, cinco, dos.  Llegó a cero emitiendo un destello acompañado de un dulce silbido y un desplazamiento de aire en todas direcciones.  ¡Sí!, gritó Roquesor, ¡sí!, al ver la nave convertirse en luz.

El Narval, como lo bautizó el Golondrino, estaba listo para su primera prueba de vuelo.

El reloj de Vera

Había convencido a Son Tatú para que participe aquella tarde del 26 en el debut de vuelo del Narval.  Trasladaron la nave a un paraje oculto en los Campos Verdes, lugar que ya había elegido como punto de despegue del Gran Viaje.  En los terrenos abandonados del ferrocarril, las ruinas de galpones, los fantasmas de los trabajadores y alguna que otra gallina indiscreta fueron testigos de la hazaña cibernética; el Narval, con su silbido característico se esfumó ante la vista de todos.  Pero esta vez con el Golondrino y Tatú a bordo en lo que sería una de las tantas pruebas preliminares.

Tal como había dicho, el inquieto Golondrino no iba a conformarse con alcanzar la velocidad de la luz.  Había adicionado a su acelerador de partículas plaquetas de la máquina de rayos que habían robado con Son Toniut de la sala de primeros auxilios de la zona.  Otros dos chicos del barrio, Mencho San y Manuel Vera, también hicieron su aporte: un radio grabador roto, un conversor de canales, un revolver a cebita, un reloj deportivo con cronómetro y una linterna de plástico verde.

El reloj venía al pelo para medir la velocidad de la nave.  Luego de haber reflexionado sobre las limitaciones del Narval, Roquesor estimó conveniente realizar ésta y las pruebas posteriores en las afueras, de ser posible en un desierto o en la cima de una montaña, con cielo limpio y radio de acción.  Porque, podía viajar tan rápido o tal vez más pero, aunque en este caso inferior, la velocidad de la luz seguía siendo un límite.  Además, con trayectoria forzosamente recta cualquier objeto en el camino provocaría una parada no deseada o aún peor, un obstáculo con las propiedades de un espejo o las de una lente desviaría críticamente el rumbo.  Y no era la preocupación del Maestro Golondrino seguir rumbos desconocidos sino la evidente consecuencia de chocar y materializarse en una estrella como el Sol, no así en un planeta de atmósfera escasa porque todos los agujeros de la nave habían sido cuidadosamente sellados, la puerta de heladera que habían tirado a la calle los del club Juventud cerraba perfecto, la ventanita de dos hojas estratégicamente situada al costado de la cocina a gas tenía burletes de goma gruesos y por si estas precauciones fueran pocas un par de plantas de interior renovarían el oxígeno.

En resumen, siendo luz no es posible estrellarse aunque sí rebotar o, mejor dicho, reflejarse, por eso la dirección de despegue aconsejable era obviamente hacia arriba.  Ahora bien, si toda la nave se convertía en luz, ¿qué le daría dirección?  Este punto también había sido previsto por el ingenioso Mutante, su convertidor de masa discriminaba las distintas partes de la nave, el cilindro de ladrillos refractarios que conformaba el fuselaje servía también de foco.  El secreto consistía en desfasar la conversión del fuselaje unos nanosegundos, mantener su estructura en un sutil punto intermedio entre partícula y onda (al que más tarde denominaría estado NON) y una vez el resto de la nave estuviera en camino se completaría la transferencia de esta parte rezagada.  A la vista el proceso era imperceptible.

Así y todo, si no fijaban bien las coordenadas incluso ir de un punto a otro de la Tierra podía resultar peligrosamente incierto.  Era imposible en forma directa, debían o bien hacer escala en la Luna o bien rebotar en algún satélite.  Excepto para la prueba de velocidad (poco significa a la luz la distancia de la Tierra a un satélite) la segunda opción era la más práctica para el traslado, hay muchos satélites y a toda hora.  Además de lo considerado anteriormente el destino debía estar lejos aunque no en la otra punta del globo, estar despoblado para evitar testigos no deseados y, por sobre todo, su geografía debía ser conocida.  No por casualidad, su memoria evocó el lugar ideal; en el último de tantos veranos que había pasado en las sierras de Córdoba con su tío Raúl, con sólo doce años de edad Roquesor trepó a la cima de una de estas sierras, de ahí que aún recordaba el lugar con la calidad fotográfica con que recordamos sucesos de la niñez.  A las 4:00 PM seguían mirando la tele y tomando mate con Tatú dentro de la nave cuando al corregir por enésima vez la antena del televisor la dirección triangulaba exactamente con el destino fijado: La Banderita, una sierra mediana a 700km de distancia de donde ahora se hallaban.  Era el momento, Roquesor respiró hondo y accionó ligeramente la palanca; su primera asombrosa experiencia fue ver como sus cuerpos se transparentaban volviéndose al tiempo más brillantes.  Por acto reflejo empujó la palanca a su posición inicial, ¡no había probado el convertidor de masa en materia orgánica!  Sonrieron al comprobar que todavía estaban vivos y con todo en su lugar.  Tatú se tocaba los huevos.

Esta vez tiró de la palanca sin miedo.  El televisor perdió la señal, el techito de zinc que completaba el fuselaje comenzó a chasquear y un frío repentino empañó la ventana.  Al pasar el trapo al vidrio vio el poste que hacía de mástil aguantando el chaparrón.  En la punta aún conservaba la banderita de chapa oxidada, tal como el Golondrino la recordaba de su niñez.  Todo había salido según los cálculos, ¡el Narval ya descansaba en la cima de la sierra!  Y hablando de cálculos:

—Ya esta parando la lluvia —avisa Tatú.

—Para hacer la prueba vamos a esperar a que oscurezca así ves con claridad la trayectoria de la nave.  ¿Caminamos un rato por la sierra mientras tanto?

—Tenemos que juntar madera.  Sin fuego a la noche nos vamos a cagar de frío.

—Ya tengo todo calculado.  Chispeá la heladerita de viaje, ¡traje una tira de asado y un tinto!

Al volver del paseo traían madera y un esqueleto de alambre de colchón para usarlo de parrilla.  Así recibieron la noche comiendo y chupado contentos sentados al lado del fuego.  Y no podía ser mejor, gracias al temporal el cielo acabó limpio y estrellado.

—A ver.  Si la luz viaja a trecientos mil kilómetros por segundo y la distancia a la Luna es de trescientos ochenta y cuatro mil cuatrocientos kilómetros, el Narval debería ir y volver en dos segundos con cincuenta y seis centésimas.

Roquesor se encaramó al Narval y lo programó para un viaje de ida y vuelta a la Luna sin escala.  Afuera, Tatú sostenía con ambas manos el reloj luminoso con cronómetro regalo de Manuel Vera.  Una vez comprobó que todo estaba listo, Roquesor alzó su diestra en ademán a su amigo que lo veía a través de la ventana y posó la siniestra suavemente sobre la palanca del convertidor de masa.  Se miraron mutuamente, concentrados.  La batuta bajó al unísono con la palanca del convertidor y el botón del cronómetro.  La prueba duró un destello.

—Dos segundos clavados —dijo Son Tatú ni bien Roquesor abrió la puerta—.  ¿Volvemos a casa?, con el frío me agarró hambre de nuevo.

EL BIÓNICO MATA A SU HIJO

Por más que le calzó una gorra hasta las orejas no logró que el niño sanedrí pasara el control de calidad; para el criterio estético malo los ojos verdes eran repudiables.  A sólo tres centímetros (equivalentes a dos años luz de una dimensión normal) del planeta Malo, donde había vendido un contingente de niños genéticamente estables el Golondrino había acampado en un asteroide que flotaba a la deriva.  Sentado en una piedra, al costado del Narval III, de dimensiones comparables a las de un porta aviones terrestre, contaba los 350000G, moneda unificada del Quinto Órgano a la que no acababa de acostumbrarse.  Después de comerse al rechazado se echó a dormir en una de las cavernas.

Cuando sintió el silbido ya los tentáculos rodeaban su cuerpo.  A un siglo de aquella tarde en que dejó la Tierra (aún conservaba el reloj luminoso de Vera que apretando un botón te dice la fecha), el uso continuo del convertidor de masa y saltar de una atmósfera a otra más rara que la anterior habían sofisticado sus sentidos.  Además del tentáculo en su cuello el silbido se mezclaba con la música y los aromas de aquella noche en el palacio.  ¿Cómo había mutado en esto aquella bonita tez azul?  Era Varia, única hija de Asdrubal, rey de uno de los estados más ricos del planeta Andur.

La asfixia provocada por la atmósfera pobre del asteroide acabó despertándolo de la pesadilla.  Del techo de la cueva aún colgaban los pequeños roedores, similares a murciélagos, inmutables a pesar del sil...  ¡El silbido!, ¡aún oía el silbido!

Vorgina se materializa

El silbido se acatarraba y aparecían las partículas dibujando el cuerpo de un joven.  Alto y delgado, cabello largo y rubio, semblante azul de la madre..., ningún otro ser habría vibrado con la frecuencia de su difunta esposa, era Vorgina, ¡su primogénito!  La adrenalina terminó de despertar al Mutante que ya tanteaba los botones de su bastón.  El botón más grande, debajo del pulgar, accionaba el convertidor de masa del traje de malla metálica suspendiendo inicialmente en estado NON a su portador.  Rodeaban a este botón cuatro en estrella, uno por cada punto cardinal, que al accionarlos desplazaban al portador del traje en forma de luz cada uno en su respectiva dirección con tal prodigiosa velocidad.  Del otro lado del mango, debajo del dedo índice, estaba el botón que accionaba el láser que podía traspasar o cortar cualquier material.  Por último otro debajo del dedo mayor disparaba hologramas que reproducían en forma y se movían al unísono con el original que suspendido en estado NON tenía justamente la apariencia de un holograma.  Este camuflaje era útil dado que el estado NON, única manera de permanecer en un sitio o desplazarse a velocidades inferiores a la de la luz, aunque sí a los golpes no es inmune al láser, que quema las partículas provocando daños o heridas irreversibles.  No iba a ser fácil el combate, ¡su hijo contaba con la misma tecnología!

Los motivos del chico no eran claros.  Entre otros su abuelo materno, el rey de Andur, culpaba a Roquesor de haberlos abandonado.  Había sido un regalo de este viejo risueño la actual nave del Golondrino, en recompensa al progreso científico que éste había generado en sus cinco años de estadía en Andur.  Entusiasmado con el convertidor de masa le había proporcionado lo necesario para que lo perfeccione ignorando que Roquesor permanecía ahí en calidad de refugiado y su estadía no duraría más que lo suficiente.  En sus viajes había ganado la enemistad de muchos poderosos, especialmente la del Emperador del Órgano Tercero que no pudo seguir cobrando impuestos al dios de la Tierra desde que, persuadido por Roquesor, había abandonado su puesto para peregrinar por el espacio.  Algo de razón tenía el Rey, Roquesor podría haber ayudado de no ser que hacía años que había vuelto a su oficio y a años luz estaba de enterarse de la decadencia de este pequeño planeta que antaño le había dado su etapa más próspera.  La inestabilidad de la atmósfera anunciaba lo inevitable y sólo los ricos poseían naves para emigrar, así se culpó al avance tecnológico de la guerra de clases y a Roquesor de que Varia muriese en uno de estos altercados.  De todos modos, por ley natural los jóvenes de una manera o de otra siempre acaban matando a sus padres.

Por las dudas, Roquesor ya había presionado el botón del láser que perforó el hombro de su hijo ni bien se hizo visible.  Ahora flotaban enfrentados cada uno camuflado entre veinte proyecciones de su propia imagen.  Pero el chico no estaba al tanto de hasta qué punto era singular la genética de su padre.  El personaje que tenía ahora en frente distaba tanto del que su madre había conocido en Andur como éste último del que conocieron los no-discípulos en La Tierra.  Además de su hombro lastimado el joven contaba con otra desventaja, en su caso de nada servían los hologramas, el Mutante podía literalmente oír la vibración de su cuerpo.

—Será una pérdida para ambos —disimulaba Roquesor dirigiendo la vista hacia uno de los hologramas—.  A tu edad también buscaba venganza pero ¡qué mejor venganza que el perdón!

Con el discurso distrajo al muchacho lo suficiente para acomodarse el calzoncillo que le venía apretando.  El joven respondió embistiendo al segundo holograma a la derecha del Golondrino.  La carcajada de Roquesor enfureció aún más al novato que comenzó a disparar su láser a ciegas derrumbando parte del techo de la caverna.  En medio de la confusión el experto Mutante le hace soltar el bastón con un ligero golpe en la muñeca.  El chico se materializa y cae a plomo.

El Mutante descendió y soltó también el suyo.  Durante años había deambulando solo por el espacio y supuso que el muchacho no había corrido distinta suerte.  La cara de otro ser, un rostro similar al humano le recordaba su infinita angustia.

»Humanidad, ¡qué lejos me encuentro hoy de tu regazo tibio!  Aun recuerdo cuando cansado de mi soledad volvía a intentarlo, Yo soy el culpable, en algo debo estar errado, me decía convenciéndome de volver a entregarme, de volver a confiar.  Humanos, ¡miserables!...

Al volver la mirada a su hijo su semblante volvió a la calma.

»Aunque, éste no es terrícola..., y, ¡es mi hijo!

Pero Vorgina seguía viendo al enemigo.  Con sus últimas energías dio un salto y arremetió desenvainando una daga.  Roquesor atrapó su muñeca antes de que la hoja le llegara al vientre, sus pezuñas de hierro desgarraron músculos y tendones del brazo del muchacho del cual fue alzado a diez metros del suelo.

—¡Puedes volar sin el bastón!, tal como me advirtió el abuelo —dijo el joven guerrero que colgaba de su brazo sangrando.

—De poco sirve lo que te hayan dicho de mí.  Hijo mío, ya ni de tu mundo ni del mío soy —lo miró a los ojos antes de rematarlo—, y comienzo a creer que de ninguno.

EL CANTO DE LAS NEREIDAS

«No hay forma de salir de ésta.  Probablemente sea el fin de la historia —se decía Roquesor aferrado con sus cuatro extremidades a la parte inferior de un cólon.

En las circunstancias actuales reordenar su pasado era cuestión de vida o muerte.  Habían transcurrido dos siglos Vera (¿terrestres?) desde su partida y a pesar de su memoria prodigiosa difícil era recordar.

»Pude haberme equivocado al creerlo posible.  No encuentro la manera de percibir, de pensar sin razonar...

Y el Golondrino había conocido extraterrestres de sobra como para afirmarlo, las manifestaciones del intelecto diferían de una a otra especie en la medida que difería la mecánica de su anatomía, especialmente la de sus sentidos y extremidades superiores que condicionan la estética de los hábitos por consiguiente de los códigos; en ésta y en una segunda instancia en el lenguaje, el trasfondo de toda cultura obedecía los consabidos cánones.

Un ‘cólon’ no era más que una boya espacial, pequeño eslabón de una gigante cadena de trillones de años luz cuya función era marcar un límite específico: el espacio mensurable.  Lo que hubiera más allá de este límite superaba la comprensión.  Curiosamente no había obstáculo mecánico o tecnológico; decenas de intrépidos navegantes habían cruzado la barrera a lo desconocido pero los pocos que lograban regresar, esquizofrénicos, eran incapaces de dar un reporte coherente.

El Narval III cumple su último servicio

Ya traspasar un agujero negro del cuarto nivel no era aconsejable para este tipo y tamaño de nave y de conseguirlo no se sabía a cuál de las otras tres posibles dimensiones iba uno a parar.  Perseguido por naves de combate de Tilo, planeta del Undécimo Órgano donde había parado a robar supermercados, Roquesor se aventuró a zambullir la enorme nave anduriana en un agujero ¡del octavo nivel!  Las tensiones dentro del mismo destrozaron el Narval y escupieron sus restos a lo incierto.  Provisto sólo de un tanque de oxígeno, prendido como garrapata a una boya espacial, Roquesor flotaba en la nada, de espaldas al no-espacio, intentando imaginar cómo sería este universo, cómo hallaría la forma de no enloquecer.

»Es imposible eludir lo lógico.  No sé cómo pensar lo impensable.  Puedo crear, es decir recrear, reordenar los códigos, renovar las palabras, pero ¿cómo eludirlas?...

De pronto, el unísono de delicadas voces que parecían salidas de su misma conciencia se sumaron a su tormento:

«Restaurando al Miguel,
El Ángel de la Capilla,
Con pequeñas espátulas
Y la furia escondida,
[Ahhhjj, ¿Qué?
Aun, en la estable geometría,
Titánica reconstrucción,
Sutil albañilería...  ¿Recuerdas?
Eres tú,
[¿Quiénes sois?  ¿Qué sois?
Él mismo,
¡En el cielo!  ¡Arriba!,
[¡Aun no he cruzado el límite...
El cielo que nos mira... [y ya pierdo la cordura!
¿Te acuerdas ahora?, [¿Qué queréis de mí?
Tú eras aquél [¡Decídme algo...
Traidor creador, que sonreía, [... más digno, creíble!
Titánico esfuerzo, [Aunque, os advierto,
Recuperando colores
En la Capilla Sixtina.
[no tenéis posibilidad de engañarme...
Tú eres el mismo aquél [perdéis el tiempo; no soy un ser normal.
Que sonreía. [Matadme,
Como Miguel, [abominables ángeles,
Aquél Ángel, [o retiraos de mí, de mi cerebro,
¿Recuerdas? [antes de que sea demasiado tarde:
Tú sonreías...» [¡habréis caído al peor de los laberintos!

—No estamos dentro de ti.  Tampoco estás loco, no exageres.  Eres el hombre pájaro, ¿no?, el Roquesor.  ¡Bienvenido seas a estos pacíficos prados, estimado Paxarus Metálico!  A tus espaldas estamos.

—¿Qué?  ¡Qué osadía!  ¡Presentarse ante este viejo belicoso como coro de ángeles!  Ja, después de todo vuestra valentía me agrada.  Pero acercaos, quiero ver cómo sois.

—No, no.  Para vernos, deberás librarte de tu yugo.

—Ah, bicharracos inmundos, no sois diferentes al resto de los seres, ¡me pedís confianza!  A pesar de que mi sufrido corazón biónico cuenta aún con la suficiente, ¿por qué debería seguir ofrendando algo tan valioso a cambio de desprecio e indiferencia?

—¿Has oído hablar de las nereidas?

—...

—Pues ahí está después de tanto tiempo tu bien merecida respuesta y recompensa.

—Dejadme entender...  Quiere decir que este universo es psicológicamente líquido.  ¡Como un mar!

Con ojos ansiosos soltó pies y manos entregándose al vacío.




*** Fin del primer capítulo de Las enseñanzas del Señor Roquesor. ***




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