Realidades paralelas

Durante la cena, en su primera cita, él causó buena impresión —especialmente la calidad de su traje y el reloj pulsera de la tan cara reconocida marca—, al punto que nació de ella invitarlo a su casa esa misma noche.  Lamentablemente ahí surgió el problema que acabó arruinando la velada, no más ella abrió la puerta de su departamento un perro salchicha le saltó a él directo a los huevos.  Imposible relajarse en el sofá del living, el perrito lo miraba fijo y no paraba de gruñir.  “Mejor prevenir que curar”, pensó él, y fue directamente al grano.

—Vos no serás de las que duermen con el perro, ¿no?

—Venga mi chiquito, venga —ella llama al salchicha, le acaricia la cabecita y el animalito mueve la cola contento—, ya ves, nos brindamos cariño mutuamente.

—Te aviso que no pienso meterme en la cama con el bicho.

—Es algo que no te comenté.  Amo a mi perro.  Y el que decida formar pareja conmigo tendrá que aceptarlo.

—Entonces el problema no me afecta.  Ya tengo pareja.

—¿Perdón?

—Es ésta —mostrándole una foto en su teléfono.

—¿Es actual la foto?  Esa chica por lo bajo tiene veinte años menos que vos.

—Es que en realidad es mi hija.

—¿Cómo?

—Como suena, mi mujer es mi hija.  Por supuesto no pudimos casarnos legalmente pero organizamos una pequeña ceremonia íntima en mi isla.  Ah, ése es otro detalle que no te comenté, tengo una isla privada.

—¿Hablás en serio o me estás tomando el pelo?

—No, en serio.  A mi mujer la adopté siendo bebé y la crié yo mismo en la isla.  Sin televisión, internet, ni teléfono.  A lo largo de su vida la única persona con la que tuvo contacto además de mí fue el cura que contraté y sólo durante la media hora que duró la boda.  Aprendió únicamente lo que yo le enseñé.  Mirá —le muestra ahora un vídeo en su teléfono de una niña de unos seis años de edad, mamándosela.

—Pero…, ¡vos sos un loco hijo de puta, un degenerado!

—Estás viendo sólo el lado negativo.  Fijate bien.

Le vuelve a mostrar el vídeo.  Agradecida como toda criatura a esa edad cuando un adulto le presta atención, la niña se reía mientras se la mamaba.  Para la niña no era sexo, sólo un juego.

»¿Ves que esté sufriendo?  Aquí está más grande.

Y le enseña otros dos vídeos de su supuesta hija-mujer, a los trece y veinte años de edad respectivamente, practicando en ambos el mismo acto sexual en la misma posición y mostrándose igual de feliz que antes.

»Ya ves.  Igual que vos con tu perro, nos brindamos cariño mutuamente.  Con la diferencia que ella no me llena la cama de pelos.

La idea de que este loco podía además ser peligroso la hizo entrar en pánico.  Siguió un silencio tenso.  Se juró a sí misma que si zafaba de ésta no iba a haber soledad o abstinencia suficiente para convencerla de volver a meter un extraño en su casa.  Asomó una lágrima.  Él entendió que había llegado el momento de la verdad, la tomó firmemente y mirándola a los ojos le dijo.

»Eh, tranquila, no son míos, son vídeos que descargué de internet, y me inventé esta historia para hacerle la broma a un excompañero del secundario que no veía hace años.

—Pero…, ¿qué clase de chiste es ése?  ¿Sos estúpido?

—A decir verdad no es un chiste, sino una forma de mostrar cómo la mayoría en ningún momento se detiene a analizar lo que hace, se limita a adoptar los hábitos que le inculcan.  Te criaste en una realidad en la que abusar gratuita y egoístamente de un ser indefenso, que incluso paga crueldad con cariño desde que no es consciente del daño que le propinas…

—Mirá, calláte.  Te vas ya de mi casa, ¿me oís?

—Pero…

—CALLÁTE LA BOCA Y ANDATE, DEGENRADO, HIJO DE PUTA, DROGADICTO.

—Si ni cigarrillos fumo.

—ANDATE O LLAMO A LA POLICÍA.

Acostumbrado a producir este tipo de reacción en la gente, tranquilamente agarró su chaqueta y salió como un gentleman.  Desde dentro del ascensor oyó los últimos los gritos de ella.

»Y, NO SE TE OCURRA VOLVER A LLAMARME, ¿EH?


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©2018 - Walter Alejandro Iglesias.



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