El condón como profilaxis del fascismo

Aquí en España, como en mi país natal, Argentina, existe la sanidad social pero con algunas diferencias.  En Argentina (al menos en la que dejé décadas atrás) había flexibilidad, uno podía ir tanto a una salita de barrio como a un hospital público y hacerse un chequeo general en una mañana, atendido en cada caso por el especialista correspondiente.  Uno podía hacerse ver el mismo día por un gastroenterólogo, un dermatólogo y un psicólogo.  Aquí en España, en cambio, el “médico de familia”, como llaman al clínico, que a uno le asignan (uno puede elegirlo) lleva el proceso y decide cada paso a seguir.  Esto, que en teoría parece más lógico y aceptable que el laissez faire argentino, en la práctica no es tan efectivo.  Por supuesto lo sería en un mundo ideal, en el que uno pudiera fiarse totalmente de la efectividad del profesional y del sistema, pero tomemos como ejemplo mi caso, tres años atrás me presenté ante el médico que me asignaron de acuerdo a la zona en la que estaba empadronado en ese entonces, le expliqué que llevaba veinte años sin hacerme un chequeo general y que acarreaba desde años problemas con la digestión.  Su “chequeo” se limitó a palparme el estómago, lo que le bastó para diagnosticarme úlcera con total seguridad y medicarme.  Una vez acabado el tratamiento de antibióticos, lo que llaman “prueba del aliento” acusó que el helicobacter pylori, bacteria que hoy día responsabilizan de la úlcera del estómago, había sido eliminada de mi organismo.  No obstante mi salud seguía igual; bastó buscar un poco en Internet para averiguar que esta prueba bajo medicación de antiácidos (descuido de la segunda doctora que me asignaron después de mudarme) puede dar falso negativo.

Esta vía no conducía a ningún lado.  Pagué una endoscopia en una clínica particular, donde también tuve que batallar un poco con el sistema para que me atendiese un especialista.  Así me enteré de que no tenía úlcera y que el helicobacter, menos ignorante que yo y que los médicos, seguía nadando impunemente en mi barriga.

Es el día de hoy que sigo sin saber la causa de mis ocasionales problemas con la digestión.  Hace unos quince días tuve lo que mi madre solía llamar “ataque de hígado”, que sospecho no es exactamente lo que la gente asocia a esta denominación sino más bien una intoxicación por alimentos, con los típicos escalofríos sin fiebre.  A la semana de esto tuve una gripe y seguido a la gripe un prurito en todo el cuerpo que no me dejó pegar ojo durante casi dos semanas.  Cuando me empezó lo del prurito el diagnóstico de la doctora que actualmente me venía atendiendo fue deshidratación.  Al par de días no mejoraba y volví a pedir turno, ella estaba de vacaciones, me atendió una tercera doctora que me hizo hacer un análisis de sangre con hepatograma, lo que reveló una inflamación en el hígado.  Esta nueva doctora, mucho más activa e involucrada que los otros que me habían atendido hasta ahora (tal vez por la inocencia de su juventud), al ver el resultado del análisis de sangre encargó una “ampliación de la analítica” (como en todos los rubros, observamos esta tendencia del “profesional” a buscar palabras poco accesibles al público general) y, al fin, me derivó al especialista.  Y aquí viene el cruce de palabras que me motivó a publicar este escrito:

—Ah, no sabía que se podía hacer una ampliación del análisis de sangre —le dije.

—Usted no tiene por qué saber nada —me respondió tajante—, de eso nos ocupamos nosotros.  Así es como funciona el sistema.

Conociendo, con los años que llevo viviendo aquí, la manera terminal con que reacciona la idiosincrasia del español ante cualquier tipo de “insubordinación”, la indignación profunda que muestran cuando uno siquiera insinúa evadir el sistema, preferí no seguir la discusión.  Como había dicho, esta doctora me inspiró confianza, algo poco común hoy día, no quería acabar asustándola con “opiniones personales”.  Pero la verdad es que si me hubiera quedado con la “úlcera” que tres años atrás me había diagnosticado el que cariñosamente apodé Dr. Cureta (personaje de una tira cómica argentina) o la “deshidratación” que ahora me diagnosticó la segunda doctora, estaría aún menos enterado del estado de mi salud de lo que estoy.  A diferencia de lo que mi nueva joven doctora afirma, a menos que uno sea un poco “infiel” e intente enterarse, aprender y faltar ocasionalmente a la ética tomando sus propias decisiones incluso en contradicción a la del profesional supuestamente capacitado, este sistema NO funciona.  Punto a favor de la improvisación del “corrupto” argentino.

He tenido dos oficios en mi vida.  Primero fui violoncelista profesional durante más de veinte años.  He hecho una carrera de conservatorio y tocado en orquestas de todo tipo.  También hice música popular con otros instrumentos como el bajo eléctrico.  Podría decirse que en este rubro mi opinión tiene un peso análogo al de la doctora en medicina, no obstante, a diferencia de la multinacional discográfica, a la que le interesa vender millones de placas de la canción del verano con un mínimo coste de producción, yo, como músico profesional, nunca asumí que un público pasivo, estúpido e ignorante me fuera beneficioso.  Lo mismo con la segunda profesión que adopté de seis años a esta parte, la de informático; no considero conveniente para nadie, por varios motivos, que el único conocimiento de informática y uso de la computación del usuario final sea usar feisbuk y guasap en su aifon.  El profesional que sigue este enfoque, lejos de tener verdadero interés –mucho menos amor– por su oficio, encuentra motivación única y exclusivamente en el dinero.  Sé que el “pragmático” me acusará de romántico o cursi pero, ¿qué tiene de práctico invertir tu juventud en seguir una carrera sabiendo que en tu vida profesional vas a acabar interesado sólo en el dinero?  Conocí, por un amigo que lleva desde hace muchos años un servicio de “acompañantes” (o escorts, como lo llaman) en Barcelona, chicas jóvenes y bonitas, como esta última doctora que me atendió, ganando seguramente mucho más dinero que ella.  Obviamente “el más antiguo de los oficios” no requiere invertir los años y dinero en capacitación y estudios que, por ejemplo, la medicina o la música.



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